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La poesía y el hombre, un ensayo eterno y (2)
Por Héctor Berenguer | © mediaIsla
El hombre atareado y enajenado en la maquina civilizadora pierde sus vínculos con la tierra para recuperarlos en la forma del dominio y la manipulación ejercida sobre ella. Un río por ejemplo, no es un don sagrado sino la materia prima para extraer de ella la energía hidráulica. Cuando el hombre habita poéticamente la tierra participa de sus milagros, de su cotidiana donación; mientras que el llamado hombre pragmático, es quien se ha sustraído y separado de ella, para habitar en una realidad cada vez mas abstracta engendrada por la máquina civilizadora. Ese hombre pragmático que se atribuye la condición de realista, ha perdido ya hace tiempo "la noción de lo sagrado". Ejerce su señorío creyendo que es el quien lo gobierna. En su lugar instaura un YO SOY y un YO CONTROLO, vacío e insustancial, testimonio del poder bajo el cual ha caído y que gracias a la ignorancia que lo preserva se hace en él su incondicional súbdito.
Es hora de arrancar a la vida de la camisa de fuerza del determinismo social imperante, de activar en el artista otra mirada más cercana a las fuentes de la vida y no sus incontables fragmentaciones, esa libertad del artista ente su obra debería vincularlo con la noción nietzscheana hoy olvidada de: "Quiero ser el poeta de mi propia vida". Para Nietzsche la "naturaleza" está vinculada estrechamente al hombre y juega el juego del mundo al estilo heraclitiano, la naturaleza forma figuras y las rompe, es un incesante proceso creador en el que triunfa lo vital, pleno de su intrínseco poderío y no lo adaptado. Sobrevivir no significa ningún triunfo que no sea la duración sin riesgo al estilo de los perdurables ostracodermas refugiados perpetuamente en sus caparazones. Vivir es "otra cosa", es generosidad, es derroche en expansión y esta visión es también una estética de lo político, que le proporciona al arte y al artista un proceso curativo y regenerador. Si el arte y la naturaleza no concuerdan entre sí "tanto peor para la naturaleza y para el hombre que también es naturaleza" Y se nutren mutuamente. El arte es jubileo y esta muy claro que la vida engendra diversidad de formas y múltiples constantes. Esta riqueza exime de mayores consideraciones. Los términos a los que deseo llegar son compatibles con incorporar las imágenes poéticas como "material numinoso" para una visión de la vida mas amplia, mas afín al sentido del hombre. Este acontecimiento al que se lo define, como cambio de perspectiva de las cosas, es una "cuestión de ascenso vital". Comprender en poesía, es "fluidificar el ámbito del entendimiento y la imaginación". Esto es fundamental, y es la única posibilidad de reiterar la vigencia de las vivencias humanas y de su albedrío sobre la inexorable caducidad del tiempo, un intento amoroso de conservar los infinitos rostros de lo viviente. La poesía puede ayudar a vivir no a través de sutiles y extrañísimos merodeos sino en la humilde acción cotidiana, aportando esas ricas imágenes que mas tardes serán: "objetos concretos dentro del imaginario colectivo" o soluciones a zonas paradojales a las que no tienen acceso otras áreas del conocimiento. Sin el entendimiento de lo paradojal "dentro del mundo" no tiene sentido la vida toda. Es necesario como lo pensó el surrealismo en su momento, reconquistar en el hombre "el derecho a la imaginación". Podemos crear para distanciarnos de toda apropiación, solo nos quedará la extrañeza de la ruptura. Crear para dejar atrás la obra de la que nos distanciamos, recreándonos en otra, es a la vez, nuestra enfermedad y nuestra salud. Una forma a la que aspira la poesía es transmutación en la alquimia de la palabra. Ya que los sucesos nos rondan en constantes permutaciones, como los astros, como los sueños, la realidad esta hecha de esos materiales cambiantes e indefinibles.
Es necesario restaurar al hombre dentro del marco de su propia naturaleza alienada del mundo por su propia "mismidad" y con su incomprensión de las circunstancias inéditas que vivimos. Así lo agradecerá "el todo del cual somos parte" cuando con nuestra entrega estemos contribuyendo a "estabilizar la vacilante oscuridad de la creación", que en mucho depende de nosotros "los más evanescentes". No debemos extinguirnos dentro de nosotros mismos, dentro de la esclavitud del "ego" que tanto nos sofoca. Rozamos el tiempo de la desesperación y el absurdo, circunstancias que llevan consigo la consumación del nihilismo que es la mayor amenaza contra todas las formas de civilización. Pedimos a lo imprevisible que frustre a lo esperado y con Heráclito de Éfeso aquél sabio auroral decimos: "Si no se espera lo inesperado no se lo hallará, dado lo inhallable y difícil de acceder que es".
Hay que proseguir el ensayo. / No importa que debamos improvisar, /que no haya director / y que la pieza que ensayamos no se estrene nunca.
También la flor es un ensayo, / la palabra un ensayo, / el silencio un ensayo, /el amor un ensayo/ los dioses fueron un ensayo.
Aunque el anfiteatro esté vacío/ y nos desnuden las ausencias, /como a la flor la desnuda / el hecho elemental de que todo no sea flor, /que el aire no sea flor, / que la luz no sea flor, /que el tiempo, el pensamiento no sean flor.
Aunque la voz del hombre / esté llena de hueco, / hay que proseguir el ensayo. Es el único modo/ de que al menos los otros ensayos /quizá se estrenen algún día. Y entonces tal vez ellos nos arrastren.
Con este poema de Roberto Juarroz 1925-1995, poeta argentino de quien muchos poco conocen, quiero ir cerrando este intento de alumbramiento que también señala como la grieta de un muro por la que se entreve, un jardín distante. Un jardín cerrado y abierto.
Para mí, el autoconocimiento ético y moral sigue siendo la experiencia clave, de un artista. Una experiencia de hombres que tienen que hacer solos e irremplazables ese deseo fuerte y perenne de descontento con el sufrimiento por la insuficiencia del propio yo y sus limites.
En el arte, el hombre se apropia de la realidad de su experiencia subjetiva, y por el deslumbramiento artístico surgen imágenes nuevas y únicas. A veces se presentan como una revelación, como un deseo apasionado que refulge repentinamente, un deseo de acogida intuitiva de todas las leyes del mundo, de su belleza y de su fealdad, de su humanidad y su crueldad, de su ser ilimitado y de sus límites. Todo esto, el artista lo reproduce en la creación de una imagen que de forma independiente recoge en auxilio de toda su comunidad. Con ayuda de esta imagen se fija la vivencia y se expresa en medio de muchas dificultades. Se podría decir que el arte es símbolo de este mundo.
El arte no se conforma con la individualidad sino que esta sirve a otra idea más general y elevada. El artista es un vasallo que tiene que pagar los diezmos por el don que le ha sido concedido casi como un milagro, pero el hombre moderno no quiere sacrificarse a pesar de que la verdadera individualidad sólo se alcanza por el sacrificio. Nos estamos olvidando de ello y con ello nos estamos olvidando de nuestra determinación con los demás hombres.
Si hablamos de inclinarse hacia la belleza, de que la meta del arte surgido por ansia de lo ideal es precisamente ese ideal, no quiero decir con esto que el arte debe evitar el polvo de lo terreno… todo lo contrario: la imagen artística es siempre un símbolo que sustituye una cosa por otra, la mayor por la menor .Para poder informar de lo vivo, el artista presenta lo muerto, para poder hablar de lo infinito, el artista presenta lo finito. Un sustitutivo. Lo infinito no es materializable, tan sólo se puede crear una ilusión, una imagen.
Lo terrible está encerrado en lo bello, lo mismo que lo bello en lo terrible. La vida está involucrada en esta contradicción, grandiosa hasta llegar al absurdo, una contradicción que en el arte aparece como unidad armoniosa y dramática a la vez. La imagen posibilita percibir esa unidad, en la que todo halla contiguo al resto, se puede hablar de la idea de una imagen, expresar su esencia con palabras. Es posible verbalizar, formular un pensamiento, pero ninguna descripción nunca le hará justicia. Una imagen se puede crear y sentir, aceptar o rechazar, pero no se puede comprender en un sentido racional. Por último el arte proporciona esa posibilidad y hace que sea perceptible con disposición de servir y sin ningún compromiso externo, sólo por libertad. De este modo cada generación de artistas se siente consagrada a rehacer el mundo. La mía seguramente ya no lo rehará. Pero su tarea es quizá más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida donde se mezclan las revoluciones abatidas, las técnicas descabelladas, los dioses muertos y las ideologías agotadas, donde los mediocres poderes pueden hoy destruirlo todo, pero ya no saben convencer a nadie, donde la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en sirvienta del odio.
La libertad es y será peligrosa pero es el don mas apreciado por un artista honesto, renunciar a esa luz, es perder la propia claridad que aunque sea modestísima, nos separa del agotado mundo de las silenciosas repeticiones. La vida, prueba al modo de las mareas una y otra vez. No se detiene jamás, vulnerables y obstinados somos quienes entendemos esa fragilidad de la forma mas expuesta e intentamos edificar naderías en el movimiento de la historia.
Héctor Berenguer, Rosario, Argentina, poeta y animador cultural, autor de varios libros de poesía
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Una mirada sin ausencia:
Mario Benedetti
Mario Benedetti, poeta, novelista, cuentista, ensayista,
dramaturgo y crítico, quien falleció este domingo
en Montevideo a los 88 años de edad, fue el más prolífico
exponente de la literatura uruguaya con títulos traducidos
a varios idiomas. En agosto de 2008 editó Testigo de uno
mismo, escrito en verso, un libro más introspectivo
y alejado de su habitual compromiso socio-político. Asimismo,
trabajaba actualmente en un poemario, Biografía para encontrarme,
género con el que se sentía más cómodo,
según confesó en una entrevista con la Asociación
de la Prensa Extranjera en Uruguay.
Autor de decenas de libros, Benedetti recibió
numerosos premios literarios, entre los cuales el Premio Internacional
Menéndez Pelayo en 2005, el Premio Reina Sofía de
Poesía Iberoamericana en 1999 o el Premio Iberoamericano
José Martí en 2001. En sus novelas Benedetti explora
la naturaleza humana y retrata a la clase media, en particular a
los burócratas, y en muchas ocasiones no elude ni disimula
su compromiso político con los movimientos de izquierda.
Nacido el 14 de setiembre de 1920 en Paso de los
Toros, Benedetti, a quien sus padres bautizaron Mario Orlando Hamlet
Hardy Brenno, se trasladó de niño con su familia a
Montevideo.
Doctor honoris causa de universidades latinoamericanas
y europeas, el escritor estudió en el Colegio Alemán
y luego en un liceo público, terminando sus estudios secundarios
en forma libre debido a las dificultades económicas de su
familia, que le obligaron a trabajar desde los 14 años.
Su primer trabajo fue en una casa de repuestos
para automóviles donde se desempeño como cajero, contable
y vendedor. En 1939 se trasladó a Buenos Aires y permaneció
allí hasta 1941, cuando regresó a Montevideo para
obtener un puesto de funcionario público.
En 1945, año en que editó su primer
libro de poesía, La víspera indeleble, Benedetti se
integró al semanario Marcha, del que fue director literario
desde 1954 y donde escribió hasta 1974, cuando el periódico
fue clausurado por el gobierno de facto de la época.
A partir de 1949 codirigió Número,
una destacada revista literaria de la época.
En 1964, cuando ya había publicado sus célebres Poemas
de oficina (1956) y su primera novela, Quien de nosotros(1953),
trabaja como crítico de teatro y codirector de una página
literaria en un matutino y colaboraba como humorista en la revista
Peloduro. En ese entonces fue designado director del Departamento
de Literatura Hispanoamericana en la Facultad de Humanidades y Ciencias
de la Universidad de la República, en Montevideo.
Casi toda su obra poética está reunida
en Inventario, libro publicado por primera vez en 1963 y reeditado
en varias oportunidades. Entre sus novelas destacan La Tregua (1960),
Gracias por el fuego (1965), El cumpleaños de Juan Angel
(1971, escrita en verso), Primavera con una esquina rota (1982),
La borra del café (1992) y Andamios (1996). Además
de escritor, Benedetti fue dirigente político del Movimiento
26 de Marzo, que fundó en 1971 junto con el Movimiento de
Liberación Nacional-Tupamaros, y fue representante en la
Mesa Ejecutiva del Frente Amplio
.
Exiliado durante la dictadura uruguaya (1973-1985), el escritor
residió en Argentina, Perú, Cuba y España,
regresó a Uruguay con la restauración democrática
y desde entonces residió alternativamente en Madrid y Montevideo
hasta la muerte de su esposa, Luz López Alegre, con quien
contrajo matrimonio en 1946. Luz, a quien conocía de niña,
fue su gran amor y compañera de vida. Tardé seis años
en decírselo y ella un minuto y medio en aceptarlo, contó
alguna vez Benedetti, quien además explicó que casarse
con alguien que lleva la luz y la alegría en su nombre parece
una buena inversión.
Tras el fallecimiento de su esposa en abril de
2006, Benedetti se instaló definitivamente en Montevideo,
luego de donar parte de su biblioteca personal al Centro de Estudios
Iberoamericanos Mario Benedetti de la Universidad de Alicante (España).
(AFP)
Montevideo, Uruguay
Los versos de un cóctel
suicida
Libros de Sylvia Plath y Anne Sexton permiten reconstruir su trágica
relación
por JAVIER R.
MARCOS (El País, 16 Enero 2009)
Mis admiradores creen que me he curado; pero no, sólo me
he hecho poeta". La que se tenía que curar era Anne
Sexton, que en la Navidad de 1956 vio por televisión un programa
sobre el soneto y pensó: "Podría hacer eso".
Como recordaría al final de su vida, hasta los 28 años
"tenía una especie de yo enterrado que desconocía
si sabía hacer algo más que salsas y cambiar pañales.
Era una víctima del sueño americano.
Para Sexton, nacida Anne Gray Harvey (1928-1974), aquel sueño
era una pesadilla. Tercera hija de un viajante de lanas que la maltrataba,
se retrató a sí misma como "la no deseada, el
error / que Madre usó para evitar que Padre / se divorciara".
Cansada de un marido que también le pegaba y madre de dos
hijas a las que pegaba ella, Sexton, marcada por un trastorno bipolar,
había intentado suicidarse meses antes de descubrir la poesía.
Como parte del tratamiento, su psiquiatra la animó a escribir.
Tres años más tarde de su "segundo nacimiento",
Anne Sexton se matriculó en un curso de escritura que impartía
en Boston el poeta Robert Lowell, que le enseñó, decía,
no "qué poner en un poema sino qué dejar fuera".
Allí coincidió con una brillante joven de 27 años
que estaba a punto de publicar su primer libro y que trabajaba como
secretaria en el Hospital General de Massachusets. Se llamaba Sylvia
Plath.
A Sexton le duró toda la vida la fascinación por
Plath, con la que se iba beber martinis al Ritz después de
las clases. Cuando ésta se suicidó en 1963, Sexton
escribió uno de sus poemas más famosos, La muerte
de Sylvia, incluido en el libro Vive o muere, premio Pulitzer en
1967 y recién publicado en España por la editorial
Vitruvio con traducción de Julio Mas Alcaraz. El libro, el
primero de Sexton que se traduce completo al castellano, coincide
en las librerías con la Poesía completa de Sylvia
Plath (1932-1963), publicado por Bartleby en traducción de
Xoan Abeleira a partir de la edición canónica del
poeta Ted Hughes. En un par de meses el volumen ha agotado la primera
edición, de 2.000 ejemplares, algo extraordinario tratándose
de un libro de poesía de 700 páginas, un género
en el que las tiradas se mueven entre los 500 y los 1.000 ejemplares.
Marido de Plath y censor de su obra en los años que siguieron
a su muerte con el pretexto de proteger a sus dos hijos, Hughes
llevó durante décadas el sambenito de haber provocado
el suicidio de su esposa al dejarla por otra mujer. Muerta a los
32 años, Sylvia Plath se convirtió, con sus descarnados
Diarios (Alianza), la novela autobiográfica La campana de
cristal (Edhasa) y poemarios como El coloso y Ariel en una referencia
en la literatura del siglo XX. Su peripecia vital y su lucha por
encontrar un espacio propio como mujer, la convirtió además
en un símbolo para el feminismo.
Matizado por libros como Cartas de cumpleaños (Lumen), del
propio Ted Hughes, o Wooroloo (Debolsillo), escrito por Frieda,
la hija mayor de ambos, el mito Plath llegó al cine con la
película Sylvia, de Christine Jeffs, que en 2003 convirtió
a Gwyneth Paltrow en la escritora y a Daniel Craig en su marido.
Fascinada por Sylvia Plath, Anne Sexton llegó a decirle
a su médico: "Esa muerte era mía". Alcohólica,
depresiva y embarcada en una montaña rusa de hospitales y
amantes, ella misma terminaría quitándose la vida
en 1974. Para entonces había revolucionado la poesía
estadounidense con su tratamiento descarnado de cosas tan aparentemente
poco líricas como la menstruación, el adulterio, el
incesto o la masturbación.
Según Robert Lowell, maestro del confesionalismo, "Anne
era más auténtica pero sabía menos. Sylvia
aprendió de Anne". Para Viorica Patea, autora de Entre
el mito y la realidad. Aproximación a la obra poética
de Sylvia Plath (Universidad de Salamanca), "Sexton ansiaba
el éxito, sobre todo el de Plath. Era muy teatrera. Anunciaba
sus intentos de suicidio por telegrama. A Plath no le impresionó".
Para Patea, además, "la obra de Sexton es una biografía
novelada, o poetizada. La de Plath, no. Si se leen sus poemas sin
saber nada de su vida, se ve que han asimilado toda una tradición
y que en ellos la muerte es un paso para la regeneración
de un yo oprimido".
"Sylvia y yo hablábamos muchas veces y extensamente
de nuestros intentos de suicidio, entrando en los detalles, con
profundidad", escribió Sexton en una de sus cartas.
¿Es posible desligar la obra de un poeta de su biografía?
Para muchos, ésta la reduce a una mera anécdota, por
trágica que sea. Para José Luis Gallero, autor de
una imprescindible Antología de poetas suicidas (Árdora)
en la que Plath y Sexton comparten páginas con Mayakovski,
Paul Celan y Cesare Pavese, es justo lo contrario: "Una muerte
así aviva el deseo de saber los motivos que llevan a algunos
poetas al abismo desde una obra de alto voltaje. Es una prueba de
sinceridad". La propia Anne Sexton, con todo, avisó
alguna vez sobre la literalidad de sus poemas: "Un escritor
es alguien que con unos muebles hace un árbol. Todos los
poetas mienten". Sólo algunos se matan.
A Sylvia Plath
"Oh Sylvia, Sylvia, / con una caja muerta de cucharas y piedras,
/ con dos hijos, dos estrellas fugaces / errantes en el pequeño
cuarto de juegos / con tu boca en la sábana, / en la viga
del techo, en la necia oración, / ... / ¡Ladrona! /
¿Cómo te arrastraste dentro, / bajaste arrastrándote
sola / al interior de la muerte que yo deseé tanto y durante
tanto tiempo, / la muerte que las dos dijimos que estaba superada
/ la que llevábamos en nuestros pechos flacos, / de la que
hablábamos tanto cada vez / que nos metíamos tres
martinis de más en Boston, / la muerte que hablaba de psicoanálisis
y remedios, / la muerte que hablaba como novias conspiradoras, /
la muerte por la que bebíamos, / ¿las razones y luego
el acto tranquilo? (...)"
Fragmento inicial de La muerte de Sylvia, de Anne Sexton.
Traducción de Julio Mas Alcaraz
Las campanas del alma
Las horas vierten su pasar este veinticuatro de Diciembre, y a
medianoche,
una vez más la leyenda asombra : alguien nace para redimir
lo humano,
y muere traicionado al ocaso de los crepúsculos, recordándonos,
que somos pasajeros del momento...Más, algo especial sucede
y vuelve de las tinieblas para testimoniar que el amor existe,
regocija la existencia, nos señala la importancia
de las pequeñas grandes cosas como esenciales en nuestro
caminar.
Y ahí esta el milagro : sentir los recomienzos, sin tiempo,
sin edad,
palpar lo tangible y misterioso de estar con vida
y sonreir con una elegante tristeza.
Los minutos no se detienen, tú fuerza está en tu
entereza, en la dignidad de tomar
y retomar el destino con tus manos que trabajan, acarician y modelan
futuros...
No dejes pasar esta oportunidad de volver a comenzar...el amor no
espera pero
quiérete TÚ y continúa marcando las huellas
de tus huellas.
Piensa que donde estés, en un instante infinito,
alguien te piensa y abraza....recibe con alegría
el saberte acompañada,(o) por quienes te quieren y tu amas...
Y no es eso precisamente lo que refleja la leyenda ?
El milagro ERES TÚ en esta Nochebuena....
y los que como tú, escuchan las campanas del alma.
Luis Del Rio Donoso
J.M.G. Le
Clézio : Dans la forêt des paradoxes
Conférence Nobel
Le 7 décembre 2008

Pourquoi écrit-on ? J’imagine que chacun a sa réponse
à cette simple question. Il y a les prédispositions,
le milieu, les circonstances. Les incapacités aussi. Si l’on
écrit, cela veut dire que l’on n’agit pas. Que
l’on se sent en difficulté devant la réalité,
que l’on choisit un autre moyen de réaction, une autre
façon de communiquer, une distance, un temps de réflexion.
Si j’examine les circonstances qui m’ont amené
à écrire – je ne le fais pas par complaisance,
mais par souci d’exactitude – je vois bien qu’au
point de départ de tout cela, pour moi, il y a la guerre.
La guerre, non pas comme un grand moment bouleversant où
l’on vit des heures historiques, par exemple la campagne de
France relatée des deux côtés du champ de bataille
de Valmy, par Goethe du côté allemand et par mon ancêtre
François du côté de l’armée révolutionnaire.
Ce doit être exaltant, pathétique. Non, la guerre pour
moi, c’est celle que vivaient les civils, et surtout les enfants
très jeunes. Pas un instant elle ne m’a paru un moment
historique. Nous avions faim, nous avions peur, nous avions froid,
c’est tout. Je me souviens d’avoir vu passer sous ma
fenêtre les troupes du maréchal Rommel remontant les
Alpes à la recherche d’un passage vers le nord de l’Italie
et l’Autriche. Cela ne m’a pas laissé un souvenir
très marquant. En revanche, dans les années qui ont
suivi la guerre, je me souviens d’avoir manqué de tout,
et particulièrement de quoi écrire et de quoi lire.
Faute de papier et de plume à encre, j’ai dessiné
et j’ai écrit mes premiers mots sur l’envers
des carnets de rationnement, en me servant d’un crayon de
charpentier bleu et rouge. Il m’en est resté un certain
goût pour les supports rêches et pour les crayons ordinaires.
Faute de livres pour enfants, j’ai lu les dictionnaires de
ma grand-mère. C’étaient de merveilleux portiques
pour partir à la reconnaissance du monde, pour vagabonder
et rêver devant les planches d’illustrations, les cartes,
les listes de mots inconnus. Le premier livre que j’ai écrit,
à l’âge de six ou sept ans, du reste s’intitulait
Le Globe à mariner. Suivi tout de suite par la biographie
d’un roi imaginaire appelé Daniel III – peut-être
était-il de Suède ? Et par un récit raconté
par une mouette. C’était une période de réclusion.
Les enfants n’avaient guère la liberté d’aller
jouer dehors, car les terrains et les jardins autour de chez ma
grand-mère avaient été minés. Au hasard
des promenades, je me souviens d’avoir longé un enclos
de barbelés au bord de la mer, sur lequel un écriteau
en français et en allemand menaçait les intrus d’une
interdiction accompagnée d’une tête de mort.
Je peux comprendre que c’était un contexte où
l’on avait le désir de s’enfuir – donc
de rêver et d’écrire ces rêves. En outre,
ma grand-mère maternelle était une extraordinaire
conteuse, qui réservait aux longues heures d’après-midi
le temps des histoires. Ses contes étaient toujours très
imaginatifs, et mettaient en scène une forêt –
peut-être africaine, ou peut-être la forêt mauricienne
de Macchabée – dont le personnage principal était
un singe doué de malice, qui se sortait toujours des situations
les plus
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périlleuses. Par la suite, j’ai fait un voyage et un
séjour en Afrique, où j’ai découvert
la forêt véritable, à peu près dépourvue
d’animaux. Mais un D.O. du village d’Obudu, à
la frontière des Camerouns, m’a fait écouter
le crépitement des gorilles sur une colline voisine, en train
de frapper leurs poitrines. De ce voyage, de ce séjour (au
Nigéria où mon père était médecin
de brousse) j’ai rapporté non pas la matière
de romans futurs, mais une sorte de seconde personnalité,
à la fois rêveuse et fascinée par le réel,
qui m’a accompagné toute ma vie – et qui a été
la dimension contradictoire, l’étrangeté moi-même
que j’ai ressentie parfois jusqu à la souffrance. La
lenteur de la vie est telle qu’il m’aura fallu la durée
de la majeure partie de cette existence pour comprendre ce que cela
signifie.
Les livres sont entrés dans ma vie un peu plus tard. C’était
sous la forme de plusieurs bibliothèques que mon père
avait réussi à réunir et qui provenaient de
la dispersion de son héritage lorsqu’il avait été
expulsé de sa maison natale à Moka (Ile Maurice).
C’est alors que j’ai compris cette vérité
qui n’apparaît pas immédiatement aux enfants,
à savoir que les livres sont un trésor plus précieux
que les biens immeubles ou que les comptes en banque. C’est
dans ces volumes, la plupart anciens et reliés, que j’ai
découvert les grands textes de la littérature universelle,
le Don Quijote illustré par Tony Johannot, La vida de Lazarillo
de Tormes ; The Ingoldsby Legends, Gulliver’s Travels ; les
grands romans inspirés de Victor Hugo, Quatre-vingt Treize,
Les Travailleurs de la Mer, ou L’Homme qui rit. Les Contes
drôlatiques de Balzac, aussi. Mais les livres qui m’ont
le plus marqué, ce sont les collections de récits
de voyage, pour la plupart consacrés à l’Inde,
à l’Afrique et aux îles Masacareignes, ainsi
que les grands textes d’exploration, de Dumont d’Urville
ou de l’Abbé Rochon, de Bougainville, de Cook, et bien
sûr le Livre des Merveilles de Marco Polo. Dans la vie médiocre
d’une petite bourgade de province endormie au soleil, après
les années de liberté en Afrique, ces livres m’ont
donné le goût de l’aventure, ils m’ont
permis de pressentir la grandeur du monde réel, de l’explorer
par l’instinct et par les sens plutôt que par les connaissances.
D’une certaine façon ils m’ont permis de ressentir
très tôt la nature contradictoire de la vie d’
enfant, qui garde un refuge où il peut oublier la violence
et la compétition, et prendre son plaisir à regarder
la vie extérieure par le carré de sa fenêtre.
Dans les instants qui ont précédé l’annonce,
pour moi très étonnante, de la distinction que m’octroyait
l’Académie de Suède, j’étais en
train de relire un petit livre de Stig Dagerman que j’aime
particulièrement : la collection de textes politiques intitulée
Essäer och texter (La Dictature du Chagrin). Ce n’était
par hasard que je me replongeais dans la lecture de ce livre caustique
et amer. Je devais me rendre en Suède pour y recevoir le
prix que l’association des amis de Dagerman m’avait
donné l’été passé, afin de rendre
visite aux lieux de l’enfance de cet écrivain. J’ai
toujours été sensible à l’écriture
de Dagerman, à ce mélange de tendresse juvénile,
de naïveté et de
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sarcasme. À son idéalisme. À la clairvoyance
avec laquelle il juge son époque troublée de l’après-guerre,
pour lui le temps de la maturité, pour moi celui de mon enfance.
Une phrase en particulier m’a arrêté, et m’a
semblée s’adresser à moi dans cet instant précis
– alors que je venais de publier un roman intitulé
Ritournelle de la Faim. Cette phrase, ou plutôt ce passage,
le voici : « Comment est-il possible par exemple de se comporter,
d’un côté comme si rien au monde n’avait
plus d’importance que la littérature, alors que de
l’autre il est impossible de ne pas voir alentour que les
gens luttent contre la faim et sont obligés de considérer
que le plus important pour eux, c’est ce qu’ils gagnent
à la fin du mois ? Car il (l’écrivain) bute
sur un nouveau paradoxe : lui qui ne voulait écrire que pour
ceux qui ont faim découvre que seuls ceux qui ont assez à
manger ont loisir de s’apercevoir de son existence. »
(L’écrivain et la conscience)
Cette « forêt de paradoxes », comme l’a
nommé Stig Dagerman, c’est justement le domaine de
l’écriture, le lieu dont l’artiste ne doit pas
chercher à s’échapper, mais bien au contraire
dans lequel il doit « camper » pour en reconnaître
chaque détail, pour explorer chaque sentier, pour donner
son nom à chaque arbre. Ce n’est pas toujours un séjour
agréable. Lui qui se croyait à l’abri, elle
qui se confiait à sa page comme à une amie intime
et indulgente, les voici confrontés au réel, non pas
seulement comme observateurs, mais comme des acteurs. Il leur faut
choisir leur camp, prendre des distances. Cicéron, Rabelais,
Condorcet, Rousseau, Madame de Staël, ou bien plus récemment
Soljenitsyne ou Hwang Seok-yong, Abdelatif Laâbi ou Milan
Kundera ont eu à prendre la route de l’exil. Pour moi
qui ai toujours connu – sauf durant la brève période
de la guerre – la possibilité de mouvement, l’interdiction
de vivre dans le lieu qu’on a choisi est aussi inacceptable
que la privation de liberté.
Mais cette liberté de bouger comme un privilège a
pour conséquence le paradoxe. Voyez l’arbre aux épines
hérissées au sein de la forêt qu’habite
l’écrivain : cet homme, cette femme occupés
à écrire, à inventer leurs songes, ne sont-ils
pas les membres d’une très heureuse et réduite
happy few ? Imaginons une situation extrême, terrifiante –
celle-là même que vit le plus grand nombre sur notre
planète. Celle qu’ont vécue jadis, au temps
d’Aristote ou au temps de Tolstoï, les inqualifiables
– les serfs, serviteurs, vilains de l’Europe au Moyen-Âge,
ou peuples razziés au temps des Lumières sur la côte
d’Afrique, vendus à Gorée, à El Mina,
à Zanzibar. Et aujourd’hui même, à l’heure
que je vous parle, tous ceux qui n’ont pas droit à
la parole, qui sont de l’autre côté du langage.
C’est la pensée pessimiste de Dagerman qui m’envahit
plutôt que le constat militant de Gramsci ou le pari désabusé
de Sartre. Que la littérature soit le luxe d’une classe
dominante, qu’elle se nourrisse d’idées et d’images
étrangères au plus grand nombre, cela est à
l’origine du malaise que chacun de nous éprouve –
je m’adresse à ceux qui lisent et écrivent.
L’on pourrait être tenté de porter cette parole
à ceux qui en sont exclus, les inviter généreusement
au banquet de la culture. Pourquoi est-ce si
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difficile ? Les peuples sans écriture, comme les anthropologues
se sont plu à les nommer, sont parvenus à inventer
une commun- ication totale, au moyen des chants et des mythes. Pourquoi
est-ce devenu aujourd’hui impossible dans notre société
industrialisée ? Faut-il réinventer la culture ? Faut-il
revenir à une communication immédiate, directe ? On
serait tenté de croire que le cinéma joue ce rôle
aujourd’hui, ou bien la chanson populaire, rythmée,
rimée, dansée. Le jazz peut-être, ou sous d’autres
cieux, le calypso, le maloya, le sega.
Le paradoxe ne date pas d’hier. François Rabelais,
le plus grand écrivain de langue française, partit
jadis en guerre contre le pédantisme des gens de la Sorbonne
en jetant à leur face les mots saisis dans la langue populaire.
Parlait-il pour ceux qui ont faim ? Débordements, ivresses,
ripailles. Il mettait en mots l’extraordinaire appétit
de ceux qui se nourrissaient de la maigreur des paysans et des ouvriers,
pour le temps d’une mascarade, d’un monde à l’envers.
Le paradoxe de la révolution, comme l’épique
chevauchée du chevalier à la triste figure, vit dans
la conscience de l’écrivain. S’il y a une vertu
indispensable à sa plume, c’est qu’elle ne doive
jamais servir à la louange des puissants, fût-ce du
plus léger chatouillis. Et pourtant, même dans la pratique
de cette vertu, l’artiste ne doit pas se sentir lavé
de tout soupçon. Sa révolte, son refus, ses imprécations
restent d’un certain côté de la barrière,
du côté de la langue des puissants. Quelques mots,
quelques phrases s’échappent. Mais le reste ? Un long
palimpseste, un atermoiement élégant et distant. L’humour,
parfois, qui n’est pas la politesse du désespoir mais
la désespérance des imparfaits, la plage où
le courant tumultueux de l’injustice les abandonne.
Alors, pourquoi écrire ? L’écrivain, depuis
quelque temps déjà, n’a plus l’outrecuidance
de croire qu’il va changer le monde, qu’il va accoucher
par ses nouvelles et ses romans un modèle de vie meilleur.
Plus simplement, il se veut témoin. Voyez cet autre arbre
dans la forêt des paradoxes. L’écrivain se veut
témoin, alors qu’il n’est, la plupart du temps,
qu’un simple voyeur.
Témoin, il arrive que l’artiste le soit : Dante dans
La Divina Commedia, Shakespeare dans The Tempest – et Césaire
dans la magnifique reprise de cette pièce, appelée
Une Tempête, dans laquelle Caliban, à cheval sur un
baril de poudre, menace d’emmener avec lui dans la mort ses
maîtres détestés. Témoin, il l’est
parfois de façon irrécusable, comme Euclides da Cunha
dans Os Sertões, ou comme Primo Levi. L’absurde du
monde est dans Der Prozess (ou dans les films de Chaplin), son imperfection
dans La Naissance du jour de Colette, sa fantasmagorie dans la chanson
irlandaise que Joyce a mise en scène dans Finnegans Wake.
Sa beauté brille d’un éclat irrésistible
dans The Snow Leopard de Peter Matthiessen ou dans A Sand County
Almanach d’Aldo Leopold. Sa méchanceté dans
Sanctuary de William Faulkner, ou dans Première neige de
Lao She. Sa fragilité d’enfance dans Ormen (Le Serpent)
de Dagerman.
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L’écrivain n’est jamais un meilleur témoin
que lorsqu’il est un témoin malgré lui, à
son corps défendant. Le paradoxe, c’est que ce dont
il témoigne n’est pas ce qu’il a vu, ni même
ce qu’il a inventé. L’amertume, parfois le désespoir,
viennent de ce qu’il n’est pas présent au réquisitoire.
Tolstoï nous fait voir le malheur que l’armée
napoléonienne inflige à la Russie, et pourtant rien
n’est changé dans le cours de l’histoire. Mme
de Duras écrit Ourika, Harriet Beecher Stowe Uncle Tom’s
Cabin, mais ce sont les peuples esclaves qui changent leur propre
destin, qui se révoltent et fondent contre l’injustice
les résistances marronnes, au Brésil, en Guyane, aux
Antilles, et la première république noire en Haïti.
Agir, c’est ce que l’écrivain voudrait par-dessus
tout. Agir, plutôt que témoigner. Ecrire, imaginer,
rêver, pour que ses mots, ses inventions et ses rêves
interviennent dans la réalité, changent les esprits
et les coeurs, ouvrent un monde meilleur. Et cependant, à
cet instant même, une voix lui souffle que cela ne se pourra
pas, que les mots sont des mots que le vent de la société
emporte, que les rêves ne sont que des chimères. De
quel droit se vouloir meilleur ? Est-ce vraiment à l’écrivain
de chercher des issues ? N’est-il pas dans la position du
garde champêtre dans la pièce du Knock ou Le Triomphe
de la médecine, qui voudrait empêcher un tremblement
de terre ? Comment l’écrivain pourrait-il agir, alors
qu’il ne sait que se souvenir ?
La solitude sera son lot. Elle l’a toujours été.
Enfant, il était cet être fragile, inquiet, réceptif
excessivement, cette fille que décrit Colette, qui ne peut
que regarder ses parents se déchirer, ses grands yeux noirs
agrandis par une sorte d’atttention douloureuse. La solitude
est aimante aux écrivains, c’est dans sa compagnie
qu’ils trouvent l’essence du bonheur. C’est un
bonheur contradictoire, mélange de douleur et de délectation,
un triomphe derisoire, un mal sourd et omniprésent, à
la manière d’une petite musique obsédante. L’écrivain
est l’être qui cultive le mieux cette plante vénéneuse
et nécessaire , qui ne croît que sur le sol de sa propre
incapacité. Il voulait parler pour tous, pour tous les temps
: le voilà, la voici dans sa chambre, devant le miroir trop
blanc de la page vide, sous l’abat-jour qui distille une lumière
secrète. Devant l’écran trop vif de son ordinateur,
à écouter le bruit de ses doigts qui clic-claquent
sur les touches. C’est cela, sa forêt. L’écrivain
en connaît trop bien chaque sente. Si parfois quelque chose
s’en échappe, comme un oiseau levé par un chien
à l’aube, c’est sous son regard éberlué
– c’était au hasard, c’était malgré
lui, malgré elle.
Mais je ne voudrais pas me complaire dans une attitude négative.
La littérature – c’est là que je voulais
en venir – n’est pas une survivance archaïque à
laquelle devrait se substituer logiquement les arts de l’audiovisuel,
et particulièrement le cinéma. Elle est une voie complexe,
difficile, mais que je crois encore plus nécessaire aujourd’hui
qu’au temps de Byron ou de Victor Hugo.
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Il y a deux raisons à cette nécessité : D’abord,
parce que la littérature est faite de langage. C’est
le sens premier du mot : lettres, c’est-à-dire ce qui
est écrit. En France, le mot roman désigne ces écrits
en prose qui utilisaient pour la première fois depuis le
Moyen Age la langue nouvelle que chacun parlait, la langue romane.
La nouvelle vient aussi de cette idée de la nouveauté.
A peu près à la même époque, en France
l’on a cessé d’utiliser le mot rimeur (de rime)
pour parler de poésie et de poètes – du verbe
grec poiein, créer. L’écrivain, le poète,
le romancier, sont des créateurs . Cela ne veut pas dire
qu’ils inventent le langage, cela veut dire qu’ils l’utilisent
pour créer de la beauté, de la pensée, de l’image.
C’est pourquoi l’on ne saurait se passer d’eux.
Le langage est l’invention la plus extraordinaire de l’humanité,
celle qui précède tout, partage tout. Sans le langage,
pas de sciences, pas de technique, pas de lois, pas d’art,
pas d’amour. Mais cette invention, sans l’apport des
locuteurs, devient virtuelle. Elle peut s’anémier,
se réduire, disparaître. Les écrivains, dans
une certaine mesure, en sont les gardiens. Quand ils écrivent
leurs romans, leurs poèmes, leur théâtre, ils
font vivre le langage. Ils n’utilisent pas les mots, mais
au contraire ils sont au service du langage. Ils le célèbrent,
l’aiguisent, le transforment, parce que le langage est vivant
par eux, à travers eux et accompagne les transformations
sociales ou économiques de leur epoque.
Lorsque, au siècle dernier, les théories racistes
se sont fait jour, l’on a évoqué les différences
fondamentales entre les cultures. Dans une sorte de hiérarchie
absurde, l’on a fait correspondre la réussite économique
des puissances coloniales avec une soi-disant supériorité
culturelle. Ces théories, comme une pulsion fiévreuse
et malsaine, de temps à autre ressurgissent ça et
là pour justifier le néo-colonialisme ou l’impérialisme.
Certains peuples seraient à la traîne, n’auraient
pas acquis droit de cité (de parole) du fait de leur retard
économique, ou de leur archaïsme technologique. Mais
s’est-on avisé que tous les peuples du monde, où
qu’ils soient, et quel que soit leur degré de développement,
utilisent le langage ? Et chacun de ces langages est ce même
ensemble logique, complexe, architecturé, analytique, qui
permet d’exprimer le monde – capable de dire la science
ou d’inventer les mythes.
Ayant défendu l’existence de cet être ambigu
et un peu archaïque qu’est l’écrivain, je
voudrais dire la deuxième raison de l’existence de
la littérature, car celle-ci touche davantage au beau métier
de l’édition.
L’on parle beaucoup de mondialisation aujourd’hui. On
oublie que le phénomène a commencé en Europe
à la Renaissance, avec le début de l’ère
coloniale. La mondialisation n’est pas une mauvaise chose
en soi. La communication rend le progrès plus rapide, en
médecine, ou en sciences. Peut-être que la généralisation
de l’information rendra les conflits plus difficiles. S’il
y avait eu internet, il est possible
7
que Hitler n’eût pas réussi son complot mafieux
– le ridicule l’eût peut-être empêché
de naître.
Nous vivons, paraît-il, à l’ère de l’internet
et de la communication virtuelle. Cela est bien, mais que valent
ces stupéfiantes inventions sans l’enseignement de
la langue écrite et sans les livres ? Fournir en écrans
à cristaux liquides la plus grande partie de l’humanité
relève de l’utopie. Alors ne sommes-nous pas en train
de créer une nouvelle élite, de tracer une nouvelle
ligne qui divise le monde entre ceux qui ont accès à
la communication et au savoir et ceux qui restent les exclus du
partage ? De grands peuples, de grandes civilisations ont disparu
faute de l’avoir compris. Certes de grandes cultures, que
l’on dit minoritaires, ont su résister jusqu’à
aujourd’hui, grâce à la transmission orale des
savoirs et des mythes. Il est indispensable, il est bénéfique
de reconnaître l’apport de ces cultures. Mais que nous
le voulions ou non, même si nous ne sommes pas encore à
l‘âge du réel, nous ne vivons plus à l’âge
du mythe. Il n‘est pas possible de fonder le respect d’autrui
et l’égalité sans donner à chaque enfant
le bienfait de l’ecriture.
Aujourd’hui, au lendemain de la décolonisation, la
littérature est un des moyens pour les hommes et les femmes
de notre temps d’exprimer leur identité, de revendiquer
leur droit à la parole, et d’être entendus dans
leur diversité. Sans leur voix, sans leur appel, nous vivrions
dans un monde silencieux.
La culture à l’échelle mondiale est notre affaire
à tous. Mais elle est surtout la responsabilité des
lecteurs, c’est-à-dire celle des éditeurs. Il
est vrai qu’il est injuste qu’un Indien du grand Nord
Canadien, pour pouvoir être entendu, ait à écrire
dans la langue des conquérants – en Français,
ou en Anglais. Il est vrai qu’il est illusoire de croire que
la langue créole de Maurice ou des Antilles pourra atteindre
la même facilité d’écoute que les cinq
ou six langues qui règnent aujourd’hui en maîtresses
absolues sur les médias. Mais si, par la traduction, le monde
peut les entendre, quelque chose de nouveau et d’optimiste
est en train de se produire. La culture, je le disais, est notre
bien commun, à toute l’humanité. Mais pour que
cela soit vrai, il faudrait que les mêmes moyens soient donnés
à chacun, d’accéder à la culture. Pour
cela, le livre est, dans tout son archaïsme, l’outil
idéal. Il est pratique, maniable, économique. Il ne
demande aucune prouesse technologique particulière, et peut
se conserver sous tous les climats. Son seul défaut –
et là je m’adresse particulièrement aux éditeurs
– est d’être encore difficile d’accès
pour beaucoup de pays. A Maurice le prix d’un roman ou d’un
recueil de poèmes correspond à une part importante
du budget d’une famille. En Afrique, en Asie du Sud-Est, au
Mexique, en Océanie, le livre reste un luxe inaccessible.
Ce mal n’est pas sans remède. La coédition avec
les pays en voie de développement, la création de
fonds pour les bibliothèques de prêt ou les bibliobus,
et d’une façon générale une attention
accrue apportée à l’égard des demandes
et des écritures dans les langues dites
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minoritaires – très majoritaires en nombre parfois
– permettrait à la littérature de continuer
d’être ce merveilleux moyen de se connaître soi-même,
de découvrir l’autre, d’entendre dans toute la
richesse de ses thèmes et de ses modulations le concert de
l’humanité.
Il me plaît assez de parler encore de la forêt. C’est
sans doute pour cela que la petite phrase de Stig Dagerman résonne
dans ma mémoire, pour cela que je veux la lire et la relire,
m’en pénétrer. Il y a quelque chose de désespéré
en elle, et au même instant de jubilatoire, parce que c’est
dans l’amertume que se trouve la part de vérité
que chacun cherche. Enfant, je rêvais de cette forêt.
Elle m’épouvantait et m’attirait à la
fois – je suppose que le petit Poucet, ou Hansel devaient
ressentir la même émotion, quand elle se refermait
sur eux avec tous ses dangers et toutes ses merveilles. La forêt
est un monde sans repères. La touffeur des arbres, l’obscurité
qui y règnent peuvent vous perdre. L’on pourrait dire
la même chose du désert, ou de la haute mer, lorsque
chaque dune, chaque colline s’écarte pour montrer une
autre colline, une autre vague parfaitement identiques. Je me souviens
de la première fois que j’ai ressenti ce que peut être
la littérature – Dans The Call of the Wild, de Jack
London, précisément, l’un des personnages, perdu
dans la neige, sent le froid l’envahir peu à peu alors
que le cercle des loups se referme autour de lui. Il regarde sa
main déjà engourdie, et s’efforce de bouger
chaque doigt l’un après l’autre. Cette découverte
pour l’enfant que j’étais avait quelque chose
de magique. Cela s’appelait la conscience de soi.
Je dois à la forêt une de mes plus grandes émotions
littéraires de mon âge adulte. Cela se passe il y a
une trentaine d’années, dans une région d’Amérique
centrale appelée El Tapón de Darien, le Bouchon, parce
que c’est là que s’interrompait alors (et je
crois savoir que depuis la situation n’a pas changé)
la route Panaméricaine qui devait relier les deux Amériques,
de l’Alaska à la pointe de la Terre de Feu. L’isthme
de Panama, dans cette partie, est couvert d’une forêt
de pluie extrêmement dense, dans laquelle il n’est possible
de voyager qu’en remontant le cours des fleuves en pirogue.
Cette forêt est habitée par une population amérindienne,
divisée en deux groupes, les Emberas et les Waunanas, tous
deux appartenant à la famille linguistique Ge-Pano-Karib.
Etant venu là par hasard, je me suis trouvé fasciné
par ce peuple au point d’y faire plusieurs séjours
assez longs, pendant environ trois ans. Pendant tout ce temps, je
n’ai rien fait d’autre que d’aller à l’aventure,
de maison en maison – car ce peuple refusait alors de se grouper
en villages – et d’apprendre à vivre selon un
rythme entièrement différent de ce que j’avais
connu jusque là. Comme toutes les vraies forêts, cette
forêt était particulièrement hostile. Il fallait
faire l’inventaire de tous les dangers, et aussi de tous les
moyens de survie qu’elle comportait. Je dois dire que dans
l’ensemble, les Emberas ont été très
patients avec moi. Ma maladresse les faisait rire, et je crois que
dans une certaine mesure, je leur ai rendu en distraction un peu
de ce qu’ils m’ont appris en
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sagesse. Je n’écrivais pas beaucoup. La forêt
n’est pas un milieu idéal pour cela. L’humidité
détrempe le papier, la chaleur dessèche les crayons
à bille. Rien de ce qui marche à l’électricité
ne dure très longtemps. J’arrivais là avec la
conviction que l’écriture était un privilège,
et qu’il me resterait toujours pour résister à
tous les problèmes de l’existence. Une protection,
en quelque sorte, une espèce de vitre virtuelle que je pouvais
remonter à ma guise pour m’abriter des intempéries.
Ayant assimilé le système de communisme primordial
que pratiquent les Amérindiens, ainsi que leur profond dégoût
pour l’autorité, et leur tendance à une anarchie
naturelle, je pouvais imaginer que l’art, en tant qu’expression
individuelle, ne pouvait avoir cours dans la forêt. D’ailleurs,
rien chez ces gens qui pût ressembler à ce que l’on
appelle l’art dans notre société de consommation.
Au lieu de tableaux, les hommes et les femmes peignent leur corps,
et répugnent de façon générale à
construire rien de durable. Puis j’ai eu accès aux
mythes. Lorsqu’on parle de mythes, dans notre monde de livres
écrits, l’on semble parler de quelque chose de très
lointain, soit dans le temps, soit dans l’espace. Je croyais
moi aussi à cette distance. Et voilà que les mythes
venaient à moi, régulièrement, presque chaque
nuit. Près d’un feu de bois construit sur le foyer
à trois pierres dans les maisons, dans le ballet des moustiques
et des papillons de nuit, la voix des conteurs et des conteuses
mettait en mouvement ces histoires, ces légendes, ces récits,
comme s’ils parlaient de la réalité quotidienne.
Le conteur chantait d’une voix aigüe, en frappant sa
poitrine, son visage mimait les expressions, les passions, les inquiétudes
des personnages. Cela aurait pu être du roman, et non du mythe.
Mais une nuit est arrivée une jeune femme. Son nom était
Elvira. Dans toute la forêt des Emberas, Elvira était
connue pour son art de conter. C’était une aventurière,
qui vivait sans homme, sans enfants – on racontait qu’elle
était un peu ivrognesse, un peu prostituée, mais je
n’en crois rien – et qui allait de maison en maison
pour chanter, moyennant un repas, une bouteille d’alcool,
parfois un peu d’argent. Bien que je n’aie eu accès
à ses contes que par le biais de la traduction – la
langue embera comprend une version littéraire beaucoup plus
complexe que la langue de chaque jour – j’ai tout de
suite compris qu’elle était une grande artiste, dans
le meilleur sens qu’on puisse donner à ce mot. Le timbre
de sa voix, le rythme de ses mains frappant ses lourds colliers
de pièces d’argent sur sa poitrine, et par-dessus tout
cet air de possession qui illuminait son visage et son regard, cette
sorte d’emportement mesuré et cadencé, avaient
un pouvoir sur tous ceux qui étaient présents. A la
trame simple des mythes – l’invention du tabac, le couple
des jumeaux originels, histoires de dieux et d’humains venues
du fond des temps, elle ajoutait sa propre histoire, celle de sa
vie errante, ses amours, les trahisons et les souffrances, le bonheur
intense de l’amour charnel, l’acide de la jalousie,
la peur de vieillir et de mourir. Elle etait la poésie en
action, le théâtre antique, en meme temps que le roman
le plus contemporain. Elle était tout cela avec feu, avec
violence, elle
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inventait, dans la noirceur de la forêt, parmi le bruit environnant
des insectes et des crapauds, le tourbillon des chauves-souris,
cette sensation qui n’a pas d’autre nom que la beauté.
Comme si elle portait dans son chant la puissance véridique
de la nature, et c’était là sans doute le plus
grand paradoxe, que ce lieu isolé, cette forêt, la
plus éloignée de la sophistication de la littérature,
était l’endroit où l’art s’exprimait
avec le plus de force et d’authenticité.
Ensuite j’ai quitté ce pays, je n’ai plus jamais
revu Elvira, ni aucun des conteurs de la forêt du Darien.
Mais il m’est resté beaucoup plus que de la nostalgie,
la certitude que la littérature pouvait exister, malgré
toute l’usure des conventions et des compromis, malgré
l’incapacité dans laquelle les écrivains étaient
de changer le monde. Quelque chose de grand et de fort, qui les
surpasse, parfois les anime et les transfigure, et leur rend l’harmonie
avec la nature. Quelque chose de neuf et de très ancien à
la fois, impalpable comme le vent, immatériel comme les nuages,
infini comme la mer. Ce quelque chose qui vibre dans la poésie
de Jallal Eddine Roumi, par exemple, ou dans l’architecture
visionnaire d’Emanuel Swedenborg. Le frisson que l’on
éprouve à lire les plus beaux textes de l’humanité,
tel le discours que le chef Stealth des Indiens Lumni adressait
à la fin du dix-neuvième siècle au Président
des Etats-Unis, afin de lui faire don de la terre : « Peut-être
sommes nous frères… »
Quelque chose de simple, de vrai, qui n’existe que dans le
langage. Une allure, une ruse parfois, une danse grinçante,
ou bien de grandes plages de silence. La langue de la moquerie,
les interjections, les malédictions, et tout de suite après,
la langue du paradis.
C’est à elle, Elvira, que j’adresse cet éloge
– à elle que je dédie ce Prix que l’Académie
de Suède me remet. À elle, et à tous ces écrivains
avec qui – ou parfois contre qui j’ai vécu. Aux
Africains, Wole Soyinka, Chinua Achebe, Ahmadou Kourouma, Mongo
Beti, à Cry the Beloved Country d’Alan Paton, à
Chaka de Tomas Mofolo.. Au très grand Mauricien Malcolm de
Chazal, auteur, entre autres de Judas. Au romancier mauricien hindi
Abhimanyu Unnuth, pour Lal passina (Sueur de sang), la romancière
urdu Hyder Qurratulain pour l’épopée de Ag ka
Darya (River of fire). Au Réunionnais Danyèl Waro,
le chanteur de maloyas, l’insoumis, à la poétesse
kanak Dewé Gorodé qui a défié le pouvoir
colonial jusqu’en prison, à Abdourahman Waberi le révolté.
À Juan Rulfo, à Pedro Paramo et aux nouvelles du El
llano en llamas, aux photos simples et tragiques qu’il a faites
dans la campagne mexicaine. À John Reed pour Insurgent Mexico,
à Jean Meyer pour avoir porté la parole d’Aurelio
Acevedo et des insurgés Cristeros du Mexique central. À
Luis González, auteur de Pueblo en vilo. À John Nichols,
qui a écrit sur l’âpre pays dans The Milagro
Beanfield War, à Henry Roth, mon voisin de la rue New York
à Albuquerque (Nouveau Mexique) pour Call it Sleep. À
J.P. Sartre, pour les larmes contenues dans sa pièce Morts
sans sépulture. À Wilfrid Owen, au poète mort
sur les bords de la Marne en 1914. À J.D. Salinger, parce
qu’il a réussi à
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nous faire entrer dans la peau d’un jeune garçon de
quatorze ans nommé Holden Caufield. Aux écrivains
des premières nations de l’Amérique, le Sioux
Sherman Alexie, le Navajo Scott Momaday, pour The Names. A Rita
Mestokosho, poétesse innue de Mingan (Province de Québec)
qui fait parler les arbres et les animaux. À José
Maria Arguedas, à Octavio Paz, à Miguel Angel Asturias.
Aux poètes des oasis de Oualata, de Chinguetti. Aux grands
imaginatifs que furent Alphonse Allais et Raymond Queneau. À
Georges Perec pour Quel petit vélo à guidon chromé
au fond de la cour ? Aux Antillais Edouard Glissant et Patrick Chamoiseau,
au Haitien René Depestre, à Schwartz-Bart pour Le
Dernier des justes. Au poète mexicain Homero Aridjis qui
nous glisse dans la vie d’une tortue lyre, et qui parle des
fleuves orangés des papillons monarques coulant dans les
rues de son village, à Contepec. À Vénus Koury
Ghata qui parle du Liban comme d’un amant tragique et invincible.
À Khalil Jibran. À Rimbaud. À Emile Nelligan.
À Réjean Ducharme, pour la vie.
À l’enfant inconnu que j’ai rencontré
un jour, au bord du fleuve Tuira, dans la forêt du Darién.
Dans la nuit, assis sur le plancher d’une boutique, éclairé
par la flamme d’une lampe à kérosène,
il lit un livre et écrit, penché en avant, sans prêter
attention à ce qui l’entoure, sans se soucier de l’inconfort,
du bruit, de la promiscuité, de la vie âpre et violente
qui se déroule à côté de lui. Cet enfant
assis en tailleur sur le plancher de cette boutique, au coeur de
la forêt, en train de lire tout seul à la flamme de
la lampe, n’est pas là par hasard. Il ressemble comme
un frère à cet autre enfant dont je parle au commencement
de ces pages, qui s’essaie à écrire avec un
crayon de charpentier au verso des carnets de rationnement, dans
les sombres années de l’après-guerre. Il nous
rappelle les deux grandes urgences de l’histoire humaine,
auxquelles nous sommes hélas loin d’avoir répondu.
L’éradication de la faim, et l’alphabétisation.
Dans tout son pessimisme, la phrase de Stig Dagerman sur le paradoxe
fondamental de l’écrivain, insatisfait de ne pouvoir
s’adresser à ceux qui ont faim – de nourriture
et de savoir – touche à la plus grande vérité.
L’alphabétisation et la lutte contre la famine sont
liées, étroitement interdépendantes. L’une
ne saurait réussir sans l’autre. Toutes deux demandent
– exigent aujourd’hui notre action. Que dans ce troisième
millénaire qui vient de commencer, sur notre terre commune,
aucun enfant, quel que soit son sexe, sa langue ou sa religion,
ne soit abandonné à la faim ou à l’ignorance,
laissé à l’écart du festin. Cet enfant
porte en lui l’avenir de notre race humaine. À lui
la royauté, comme l’a écrit il y a très
longtemps le Grec Héraclite.
J.M.G. Le Clézio , Bretagne, 4 novembre 2008
© LA FONDATION NOBEL 2008
Du prolétariat au «poétariat»
Par Jean-Claude Pinson •
Les dernières décennies du XXe siècle, avec
l’effondrement du mur de Berlin et du bloc soviétique,
ont pu être interprétées comme un «adieu
au prolétariat»,
aux illusions dont s’est accompagné son culte.
«Adieu au capital», c’est peut-être ce que
signifient, cette fois, l’effondrement de Wall Street et la
crise économique qui l’accompagne. Car vouloir «refonder»
le capitalisme est insensé, si c’est remettre sur les
rails un american way of life (version Bush) dont on sait mieux
que jamais de quelles inégalités il se paie,
pour ne rien dire de la catastrophe écologique à laquelle
il ne peut manquer de conduire.
Il est donc temps de changer de direction,
de dire adieu aux formes de vie qui n’ont n’autre horizon
que la croissance à tout prix, le travail «profitable»
et la consommation érigée en fin dernière de
l’existence.
Temps d’inventer de nouvelles formes de vie, affranchies de
ces opiums-là.
Qu’une autre Amérique, un autre mode de vie américain
soit possible, c’est ce que laisse entrevoir, peut-être,
l’enthousiasme suscité par l’élection
de Barack Obama.
C’est aussi ce dont témoigne, très en amont,
la pensée, par exemple, d’un Thoreau.
Pouvoir librement choisir un mode de vie affranchi de la frénésie
consumériste
et de ce qu’elle suppose est même, selon lui, la vérité
de l’Amérique démocratique : «La seule
vraie Amérique, écrit-il dans Walden, est le pays
où vous êtes libre d’adopter le genre de vie
qui peut vous permettre de vous en tirer sans tout cela
[les biens de consommation inutiles], et où l’Etat
ne cherche pas à vous contraindre au maintien de l’esclavage,
de la guerre et autres dépenses superflues qui directement
ou indirectement résultent de l’usage de ces choses.»
«Jouis de la terre, mais ne la possède pas»,
nous dit encore Thoreau. Il faudrait alors, non pas retourner à
un âge pré-capitaliste, mais inventer un mode de vie
post-capitaliste.
Imaginer les contours d’une société autre,
en explorer les possibles modalités,
en décliner tout l’éventail de formes et de
figures, en raconter les tours et détours,
c’est l’affaire des poètes, des romanciers, des
cinéastes, des artistes en général.
Mais, parce que l’imagination, voulons-nous croire, est la
chose du monde la mieux partagée, c’est aussi l’affaire
de chacun, l’affaire de la multitude en tant qu’elle
est un «poétariat». Au sens restreint, ce néologisme
(je ne l’invente pas tout à fait, il vient en 1920
sous la plume d’un poète dadaïste demeuré
presque inconnu, René Edme) peut désigner d’abord
tous ceux qui d’une façon ou d’une autre mettent
l’art au centre de leur existence et se veulent créateurs.
Leur nombre, partout, est en croissance exponentielle, en même
temps qu’est à la hausse dans l’ordre des valeurs
le modèle de travail non aliéné attribué
à l’artiste.
Au sens élargi, «poétariat» peut aussi
s’appliquer à la foule des anonymes
qui refusent de se couler dans le moule productiviste et consumériste
et s’emploient à inventer, au jour le jour, des formes
de vie,
sinon alternatives, du moins soustraites au modèle dominant.
La réalité bien présente de ce «poétariat»
signifie que d’une certaine façon
le changement de direction, la bifurcation d’avec le mode
de vie imposé par la religion capitaliste est chose déjà
en cours. Les mutations du capital, l’importance prise par
les technologies de l’information et le développement
du travail immatériel ont mis fin à l’hégémonie
du travail industriel et de la vieille classe ouvrière. Les
prolétaires voués à des tâches manuelles
de simple exécution n’ont évidemment pas disparu,
mais d’autres sont apparus qui sont des travailleurs instruits
impliqués dans l’économie de la connaissance,
de l’information, de la communication et de la culture.
Jeunes et issus des minorités, les électeurs d’Obama
appartiennent pour une large part à cette nouvelle classe,
autant sinon plus qu’à l’ancien prolétariat.
Sans doute faut-il se garder d’idéaliser et la situation
et la figure de ce «poétariat».
Occupant des emplois aussi précaires que peu rémunérés,
ces nouveaux travailleurs endurent souvent une misère bien
réelle.
mmergés dans un univers où le marketing et la publicité
règnent en maîtres, i
ls ne sont pas toujours indemnes, dans leur effort à créer,
du kitsch que suscite le fétichisme de la marchandise.
Néanmoins, il vaut la peine, croyons-nous, de louer maintenant
ces hommes ordinaires innombrables qui, non seulement s’efforcent
à la survie,
mais inventent, dans les interstices d’un système mortifère,
de nouvelles formes de vie plus adéquates à l’exigence,
désormais revendiquée par beaucoup, que chacun puisse
se faire
«le poète de sa propre existence».
Cherchant à se soustraire à la tyrannie de la marchandise
et du spectacle,
ces sujets n’attendent plus le «Grand soir».
C’est au présent et de façon immanente qu’ils
entreprennent de modifier l’état des choses, de faire
advenir une autre économie de l’existence
et de rendre la terre un peu moins mal habitable.
Il serait sans doute hasardeux d’en déduire que pourraient
prendre fin,
au profit d’une «démocratie artistique»,
le règne de la nécessité
et la prédominance de l’homo œconomicus. Mais
du moins la possibilité d’un règne
contre-factuel de l’homo poeticus, à l’aune des
mutations en cours,
cesse-t-elle d’être tout à fait une utopie.
Jean-Claude Pinson, philosophe et poète.
Derniers ouvrages parus :
Drapeau rouge, Champ Vallon, 2008.
À Piatigorsk, sur la poésie, éd. Cécile
Defaut, 2008.
Libération, 8 décembre 2008
EL LIBRO
Jorge Luis Borges
"De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso
es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo.
El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono
es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada,
extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es
una extensión de la memoria y de la imaginación.
Todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito
por el Espíritu. Es decir, un libro tiene que ir más
allá de la intención de su autor. La intención
del autor es una pobre cosa humana, falible, pero en el libro tiene
que haber más. El Quijote, por ejemplo, es más que
una sátira de los libros de caballería. Es un texto
absoluto en el cual no interviene, absolutamente para nada, el azar.
Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer
es más importante que leer, salvo que para releer se necesita
haber leído. Yo tengo ese culto del libro.
Yo sigo jugando a no ser ciego, yo sigo comprando libros, yo sigo
llenando mi casa de libros. Los otros días me regalaron una
edición del año 1966 de la Enciclopedia de Brokhause.
Yo sentí la presencia de ese libro en mi casa, la sentí
como una suerte de felicidad. Ahí estaban los veintitantos
volúmenes con una letra gótica que no puedo leer,
con los mapas y grabados que no puedo ver; y sin embargo, el libro
estaba ahí. Yo sentía como una gravitación
amistosa del libro. Pienso que el libro es una de las posibilidades
de felicidad que tenemos los hombres.
Se habla de la desaparición del libro; yo creo que es imposible.
Se dirá qué diferencia puede haber entre un libro
y un periódico o un disco. La diferencia es que un periódico
se lee para el olvido, un disco se oye asimismo para el olvido,
es algo mecánico y por lo tanto frívolo. Un libro
se lee para la memoria.
Tomar un libro y abrirlo guarda la posibilidad del hecho estético.
¿Qué son las palabras acostadas en un libro? ¿Qué
son esos símbolos muertos? Nada absolutamente. ¿Qué
es un libro si no lo abrimos? Es simplemente un cubo de papel y
cuero, con hojas; pero si lo leemos ocurre algo raro, creo que cambia
cada vez.
Cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado, la connotación
de las palabras es otra. Además, los libros están
cargados de pasado. Los lectores han ido enriqueciendo el libro.
Si leemos un libro antiguo es como si leyéramos todo el tiempo
que ha transcurrido desde el día en que fue escrito y nosotros.
Por eso conviene mantener el culto del libro. El libro puede estar
lleno de erratas, podemos no estar de acuerdo con las opiniones
del autor, pero todavía conserva algo sagrado, algo divino,
no con respeto supersticioso, pero sí con el deseo de encontrar
felicidad, de encontrar sabiduría.
Eso es lo que quería decirles hoy".
El náhuatl es un idioma tan complejo como el alemán
El escritor mexicano Carlos Montemayor, coordinador
del Diccionario del Náhuatl en el Español de México,
aseguró que ese idioma constituye un sistema lingüístico
tan complejo como el alemán. Al referirse a esta iniciativa
de la Universidad Autónoma de México (UNAM), Montemayor
comentó que a veces solemos creer que los idiomas pueden
diferenciarse por distintos grados de crecimiento y que las lenguas
con cierto desarrollo son el inglés, el portugués,
el francés, el español y que los otros, son tan sólo
dialectos.
Destacó que no hay idiomas superiores y que todos son sistemas
lingüísticos definibles en los mismos términos,
asegurando que «el náhuatl es un sistema lingüístico
tan complejo como el alemán».
Desconocemos el origen y significado de diversos términos
de nuestro español de México: los nombres de las plantas
y de las colinas, así como otra enorme cantidad de palabras
tienen su toponimia en Náhuatl, expresó. Es por ello
que reconocer a nuestro país como una nación multicultural
y multilingüe, no sólo enriquece el acercamiento a nuestro
entorno, además lo informa, añadió a través
de un comunicado.
Para José del Val, titular del Programa Universitario México
Nación Multicultural –que patrocina la iniciativa junto
con el gobierno mexicano– todo aquel que se acerque al Diccionario
se dará cuenta que esta lengua (el náhuatl) es suya.
No queremos sustituir al español, sino simplemente reconocer
el carácter multilingüe de la sociedad mexicana, y es
algo que tenemos que recuperar, pues el náhuatl y otras lenguas
indígenas están recluidas en el hogar, comienzan a
relegarse porque no tienen ningún uso ni relevancia fuera
de un entorno íntimo familiar, aseguró.
El náhuatl es la lengua indígena con mayor número
de hablantes, con más de un millón, en los estados
de Guerrero, Morelos, Puebla, Veracruz, Hidalgo y el Distrito Federal,
entre los más representativos.
En este contexto, presentó el Diccionario Náhuatl
en el Español de México, este sábado en la
Antigua Capilla del Palacio de Minería, con la presencia
de personalidades como Miguel León Portilla, Carlos Montemayor,
José del Val, Enrique Rivas Paniagua, Librado Silva y Enrique
García Escamilla.
www.lapalabradeldia.com
La Nueva Gramática de la lengua
española
Por Shelmar Vásquez Sween, La Prensa, Panamá
La Nueva Gramática de América que probablemente
verá la luz entre finales de 2008 y comienzos de 2009, ya
es considerada por los miembros de la Real Academia Española
(RAE) como un hito en la historia del estudio de la lengua castellana
que, hoy día, es utilizada por unos 400 millones de usuarios
nativos, según el último censo (2007) realizado por
la entidad.
Este texto, que vendrá a reemplazar la obsoleta edición
elaborada en 1931 —la cual sufrió unas leves actualizaciones
en 1973— contendrá en su versión completa más
de 2.500 páginas y, en su forma abreviada de tipo manual,
tendrá 600 páginas aproximadamente.
Según el catedrático de lengua española de
la Universidad Complutense de Madrid (UCM), Fernando Lázaro
Mora, por primera vez en la historia la RAE decidió convocar
a las veintidós academias establecidas en el mundo para la
realización de este texto. Explica que al involucrar a todas
las academias de Iberoamérica, España, Estados Unidos
y Filipinas, se logra reflejar en un texto lo que nunca antes se
había hecho: recoger y plasmar las diferentes formas en que
se habla y se entiende el español en el mundo entero. Lázaro
Mora argumenta que no ha sido fácil llegar a consensos. Pero
el resultado final después de más de diez años
de discusión, análisis y acuerdos ha sido sorprendente
porque se logra aclarar casi 88 años de dudas sobre el lenguaje
español, desde sus perspectivas de sintaxis, fonética,
morfología, fonología, normativa y matiz.
Por su parte, el académico de la RAE Ignacio Bosque, quien
planeó la elaboración de la nueva gramática,
confesó que no hay trampas en este "tan esperado texto"
porque no se le ha permitido a los actuales guardianes de la lengua
incurrir, en la que era considerada una práctica común
entre sus antecesores, la de archivar cualquier detalle gramatical
que se vislumbrara como un problema difícil de resolver.
Por esto, Bosque se atreve a asegurar que la nueva biblia del español
no tendrá nada que ver con aquellos textos que se creaban
con bases tradicionales, siendo al final, poco descriptivos y rudimentarios;
más bien, se trata de una herramienta cons-truida con una
nueva metodología que incorpora innumerables hallazgos encontrados
sobre el castellano universal.
www.elcastellano.org
En
hommage à la poétesse chilienne Gabriela Mistral
Haïti - Chili : Célébrer la poésie en
terre caribéenne autour de thèmes évocateurs,
comme l'exil.
Vendredi
19 janvier 2007
Par Djems Olivier
Comme des adeptes, en quête de bénédiction,
ils étaient nombreux, ce soir-là, à se rassembler
dans les jardins de l’Institut français d'Haïti
(IFH), à l'écoute du poète haïtien Claude
Pierre et de son homologue chilien Luis Del Rio Donoso.
P-au-P, 19 Janv. 07 [AlterPresse] --- Attablés
côte-à-côte, comme deux complices, sur la petite
tribune de l’Institut français, les deux poètes,
Claude Pierre (Haïti) et Luis Del Rio Donoso (Chili), étaient
entourés, en ce soir du jeudi 18 janvier 2007, de quatre
autres personnes, dont l'Ambassadeur chilien accrédité
dans la république caribéenne, Marcel Young, et le
directeur de l’institut Paul-Élie Lévy, dans
le cadre de ce « Dialogue poétique ».
Amants des belles Lettres, jeunes poètes
haïtiens, chacun prenait place dans l’assistance pour
écouter ces deux vétérans de la poésie
latino-américaine, invités à partager leurs
« itinérances » avec le public haïtien.
« Je suis très surpris ce soir, parce
que, en général, la poésie ne fait toujours
pas bonne recette », s’étonne, d’entrée
de jeu, le Poète et Linguiste haïtien Claude Pierre.
Cette soirée était considérée
comme un hommage à la poétesse, pédagogue et
activiste chilienne Gabriela Mistral, de son vrai nom Lucila Godoy
y Alcayaga, Prix Nobel de Littérature en 1945. C’était
donc le premier Prix Nobel de littérature décerné
à une écrivaine hispano-américaine.
Ce Dialogue poétique, qui a reçu
le soutien de l’Ambassade du Chilien en Haïti est dédié
« en mémoire d’une femme, Gabriela Mistral, qui
nous a laissés, mais qui est toujours parmi nous »
à travers ses œuvres, a déclaré le diplomate
chilien Marcel Young, assis à côté de l’artiste
chilienne, Évelyne Mozalez.
Des poèmes, du premier Prix Nobel hispano-américain
de Littérature,
ont été lus en Espagnol, en Créole et en Français.
A Port-au-Prince, une exposition baptisée
« América es mi Victoria », en hommage à
la poétesse Gabriela Mistral, est ouverte à la Fondation
Connaissance et Liberté (FOKAL) depuis le mardi 16 janvier
2007.
Selon l’Ambassadeur Young, Gabriela Mistral
était la voix des personnes sans voix, des femmes, des hommes
de la terre, des ouvriers.
Les deux poètes invités en cette
soirée n’ont pas pris du temps pour répliquer.
Del Rio-Donoso et Pierre ont commencé leur
« Dialogue » en mettant l'accent sur des mots, comme
l'Exil, l'Absence, la Générosité, la Tolérance,
la Vertu, qui mènent, selon eux, à la réflexion.
Pour le Poète chilien résidant en France, la poésie
n'est ni le texte ni les mots.
C'est tout simplement ce que vous ressentez. A chaque bout de phrase
de Luis Del Rio Donoso, il y avait toujours une réplique
poétique de Claude Pierre, tantôt avec des textes extraits
de son recueil « Le Voyage Inventé », tantôt
avec des expressions métaphoriques qui incitent tout un chacun
à se plonger dans l’univers poétique pour le
meilleur et pour le pire.
Le thème « Exil » apparaît
dans les principaux textes dits par ces grands poètes qui,
tous deux, ont connu l'exil pour échapper aux régimes
dictatoriaux qui ont sévi dans leur pays d’origine.
Luis Del Rio Donoso a été contraint
à laisser illico le Chili, en 1977, à destination
du Venezuela, après le coup d'Etat de feu Général
Augusto Pinochet en septembre 1973. Le poète, qui a grandi
dans l'univers des quartiers populaires de Santiago dans les années
mille neuf cent cinquante (1950), réside jusqu’à
aujourd'hui en France. Sa poésie est nourrie de ses voyages
et de ses souvenirs d’enfance.
Claude Pierre, quant à lui, est parti au
Canada en 1970 sous la dictature de François Duvalier où
il fait des études en littérature et linguistique,
d’abord à l’Université Laval à
Québec et, par la suite, jusqu’au niveau du doctorat
à l’université d’Ottawa. De retour au
pays, en 1986, à la chute de la dictature trentenaire, Claude
Pierre a été nommé professeur de littérature
contemporaine à l'Université d'État d'Haïti,
enseignant la méthodologie et la sémiotique. Sa poésie
a pour thème majeur la générosité, sans
céder pour autant au misérabilisme ni réduire
ses enjeux à la seule question identitaire.
Né à Corail (Grande Anse, Sud-Ouest
d'Haïti) le 28 février 1941, Claude Pierre se distingue
par une poésie, écrite en Français et en Créole,
qui tend la main sans distinction de frontières, de couleurs
ni de condition sociale.
Djems Olivier [AlterPresse]
source : http://www.alterpresse.org/spip.php?article5601
Interview Luis del Rio-Qu'est ce que la Poésie pour
vous? http://www.artslivres.com/ShowArticle.php?Id=129
L’héritage
de Neruda
Le mot qui vienne à mon esprit après
avoir lu le Chant Général c’est le terme de
RESISTANCE.
J’imagine Neruda parcourant les différentes régions
du Chili, clandestinement, après avoir été
banni par Gonzalez Videla en 1947 pour avoir écrit un pamphlet
contre le gouvernement dans le style du « J’accuse »
d’Émile Zola. Je l’imagine écrivant sur
plusieurs morceaux de papier ce qui sera, à posteriori, un
des livres majeurs de la littérature latino-américaine
et du monde. Pour lui, comme pour tout poète, le fait d’écrire
et de décrire est déjà une résistance.
Dire NON à l’oubli parce qu’oublier c’est
ne pas avoir vécu. Et la poésie est, entre autres,
l’expérience, le vécu et la trascendence. Le
Chant Général est l’exploration de plusieurs
univers, c’est donc une résistance créative
aidant à modifier la réalité.
Car pour un poète travailler l’écriture
c’est essentiellement explorer sa vie intérieure, c’est
apprendre à déchiffrer les messages de l’existence,
décrire la topographie naturelle et surtout donner un sens
aux expériences gardées dans la mémoire. La
polyphonie du langage écrit traduit la pensée silencieuse
et dignifie l'humain. En poésie, les schémas traditionnels
de l'écriture ne sont pas importants. L'essentiel ne possède
aucune explication logique. La raison raisonne, le poétique
se ressent, parce qu'au-delà de tout le raisonnable, le poète
cultive la sagesse des émotions et des abîmes humains.
Il écoute les silences, il explore les mystères et
rend possible l'impossible grâce à la métaphore.
Son langage possède une autre dimension : celle des sensations
et de l'imagination effervescente ; il s'efforce de représenter
l'inexplicable.
Un poète a toujours l'imagination en mouvement.
Il s'enveloppe de plusieurs cultures parce que pour lui, imaginer
signifie transformer. Sa pensée recrée par des images
la symbiose quotidienne de la raison et de la spiritualité
qui enrichit tout langage. Car tout être est une parole qui
crée. Et comme d’autres poètes ou d’autres
philosophes, Pablo Neruda avait compris que le verbe se faisait
mot jusqu'aux dernières cendres. Il s’est interrogé
sur nos origines et pour lui, l’histoire Universelle a commencé
dès la découverte du Nouveau Monde. Il a poétisé
les étapes de la conquête et valorisé nos ancêtres
indigènes. Il a remis à leur place les conquérants
de l’épée et de la croix.
Son imagination déborde. Pour lui imaginer
c'est découvrir et faire découvrir le réel
et l'irréel. C'est transformer le voyage onirique en une
invitation constante pour créer des utopies face à
une réalité parfois sinistre. La réalité
éclairée par une poésie plus profonde provoque
la révélation, ou tout du moins, une nouvelle interrogation.
Écrire de la poésie, donc c'est sonoriser
ce qui ne se voit pas mais se ressent, c'est conjuguer le verbe
aimer dans chaque être, dans chaque objet, dans chaque murmure
de la nature et dans chaque sensation pour qu’ils fleurissent
sur les lèvres du verbe. La parole et seulement la parole
métaphorique valorise l’existence. Le Chant Général
c’est le miroir où nous pouvons nous regarder nous-mêmes
et redécouvrir une variété inépuisable
des visages du monde. Voilà un des aspects transcendantaux
du recueil. Et si parfois certains thèmes semblent récurrents,
il y a toujours le miracle de l’illusion qui nous fascine.
Avec le temps, tout se défait et tout s’envole.
Mais le murmure d’une phrase ou la lecture d’images
qui nous émeuvent et que nous garderons toujours en mémoire
continueront à broder les fils de notre existence. En effet,
au-delà du temps la parole est vitale pour résister
à l’esclavage moderne qu’est la domestication
des esprits. Et rien n’est plus ennuyeux aujourd’hui
que d’écouter la répétition de paroles
sans âme. C’est la nouveauté qui provoque l’étonnement.
C’est le métissage linguistique qui aide au développement
des langues et surtout à leur survie. Nous retrouvons dans
la polyphonie du Chant générale une diversité
d’expressions et de rythmes qui n’ont pas échappé
aux musicologues de différentes nationalités. Plusieurs
poèmes ont été mis en musique et principalement
cette Cantate de Theodorakis. Personnellement je reste avec la Tonada
à Manuel Rodriguez, ce guérillero de l’époque
de l’indépendance, personnage romantique, habile, qui
s’est opposé aux Espagnols en déclenchant une
sorte de guérilla urbaine. Il fomentait des actions dans
toutes les zones du Chili, mais l’armée officielle
ne l’a jamais capturé.
Tous ces airs font partie d’un héritage
artistique important grâce au poète chilien. Mais,
à mon avis, le grand héritage réside dans la
diversité des styles et des sujets abordés qui vont
de la chronique, à l’histoire ou à la nature.
Tout est poésie.
Neruda a déclaré que nous sommes les chroniqueurs
d’une naissance d’Amérique retardée. Mais
retardée par le féodalisme, par la faim et la stagnation.
Il ne s’agit pas seulement de préserver notre culture,
mais de la livrer à toutes nos forces, de la nourrir et de
lui permettre de fleurir.
La parole du poète a survécu à de rudes épreuves.
Mais il n’a pas chanté en vain. Trente ans après
le coup d’état au Chili, ses mots possèdent
encore une force morale qui nous invite à continuer cette
résistance. La bête est toujours là. Elle est
sur les visages des hypocrites qui ont ni patrie ni frontières.
Les vers du Chant général doivent nous servir à
nous maintenir en éveil afin de poursuivre notre lutte pour
notre droit à rêver, contre les inégalités
et la mondialisation de la stupidité. Le poète nous
demande d’être créatif pour modifier la réalité.
Et comme il l’écrit à la fin de son livre :
Ma parole renaîtra, Dans un autre temps sans douleur peut-être…Et
l’on verra flamber à nouveau et très haut Mon
cœur brûlant et étoilé.
Luis DEL RIO DONOSO
Note
Texte lu à Saint-Yorre, le Samedi 1 Juin 2002, pour les
Cinquante ans du Chant Général, organisé par
l’association Araucaria. Ils ont participé le traducteur
du poète Claude Couffon, la comédienne Catherine Allégret
et le Chœur et Orchestre de Clermont-Ferrand sous la direction
de Claude Giot.
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